Amigos en San Francisco Tlaltenco

April 22, 2015
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Dos chances que a lo mejor no se excluyen entre sí: añorar el hubiera y celebrar lo que sí ha ocurrido. Preferible lo segundo: es este el mejor de los mundos posibles. Dos instantes más tomando una foto, un conductor de Uber distinto o haberme despertado media hora antes y quizá no me habría tocado conocer a Taylor, seguro que la única de Albuquerque que ha vivido en este milenario pueblo de Tláhuac y que enseguida me presenta a Néstor, el primer tlaltenquense que conozco, y de pura cepa, como demuestran los apellidos de su familia: Ramo, Mancilla, etcétera. Fue sencillo que nos hiciéramos amigos: embobado yo a un costado de la Parroquia de San Francisco de Asís, del siglo XVI, aunque toqueteada a lo largo del tiempo, como es habitual: Buenas tardes, hola, oye, ¿tú sabes si se puede subir caminando a la Sierra de Santa Catarina?, yo creo que sí, pero ¿por qué no le preguntamos a mi novio? Entonces las presentaciones y las quesadillas de pollo en el mercado, así como la agradable charla por las calles a propósito de las minas de tezontle en la sierra, por ejemplo, mientras reparamos en los letreros: “Aquí vivió el señor Jesús Chávez Castañeda, consumado armero y carpintero” o “aquí estuvo el legendario Temascal de San Miguel”. ¿Y ahora qué hacemos? Tomar el camión hacia San Pedro Tláhuac para llegar caminando al Lago de los Reyes Aztecas, apalabrarnos con un trajinero y comprar un par de caguamas. Yo pienso que es más importante aprender filosofía náhuatl que náhuatl, ¿cómo se dice “desarraigado” en inglés?, a mí me gustaría conocer Praga. Pero se acaba rápido la hora ¿y ahora qué hacemos?, pues a Chalco, ya que andamos entrados en ambiente y en solazo. ¿Sabías que hoy es nuestro primer día de novios? Y también de nuestra amistad en esta orilla de la tierra.