La Habana para primerizos

July 27, 2015
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Estoy enhabanado, quién me desenhabanará: cuatro viajes a la isla y sólo he conocido su capital, una de las más bellas ciudades de América, “llave y antesala del Nuevo Mundo”, fundada –antes que México– en honor a San Cristóbal, quien clásicamente carga a un niño, pero que en dos mil quince bien podría estar cargando una botella de Havana 7. Sin proponérmelo –¿o miento?– me he vuelto un embajador no oficial de la ciudad de las columnas: a cada rato me preguntan dónde hospedarse, qué hacer, qué no hacer, cuándo ir, qué tan seguro es, si es caro, si merece la pena ir a tal sitio o no, dónde comer (sobre todo me preguntan esto), etcétera. Y no me canso –no miento– de contestarle a todos. Por eso ahora se me ocurre escribir una sucinta guía para primerizos, que es más un instructivo. Tomen nota los que duden, y si tienen más dudas, duden, pero no duden en escribirme a jorgepedro@jorgepedro.com, que con gusto contestaré.

Primera parada: cualquier librería en México. Hay que surtirse de libros, hay que leerlos algunos, hay que llegar a Cuba con la mente preparada y el espíritu barroco encendido. Se le recomienda a todo el mundo hacerse de un ejemplar de Tres tristes tigres (1967), por ejemplo, que además Seix Barral y BOOKET acaban de reeditar al alimón. “Este libro está en cubano (…) predomina como un acento el habla de los habaneros y en particular la jerga nocturna, que, como en todas las grandes ciudades, tiende a ser un idioma secreto”, advierte su autor, Guillermo Cabrera Infante, en la primera página. Los más audaces podrán optar por Pedro Juan Gutiérrez o Reinaldo Arenas, y los avezados por Lezama y Carpentier. También están el exquisito Ponte, pon tú, y Padura y Barnet y más. ¡Y Piñera! Otra idea es conseguirse un ejemplar del bello Concierto en La Habana que editó Artes de México en el dos mil. (Ver películas también puede ser una excelente manera de iniciarse: Lucía, Fresa y Chocolate, Memorias del Subdesarrollo, Vampiros en La Habana…)

Segundo paso: comprar los boletos de avión y no preocuparse por la visa, pues esta puede comprarse (no es nada cara) directamente en el aeropuerto de la Ciudad de México al documentar el equipaje. Pero los arquitectos o desocupados apreciarán hacer el trámite en la bellísima embajada cubana que hay en Polanco (afuera sobrevive uno de los pirules más viejos de la antigua Hacienda de los Morales). Propongo planear el viaje para cinco días: de miércoles a domingo, por ejemplo. Antes, al regresar, se tenía que pagar un impuesto en el aeropuerto de La Habana; pero ya no más.

Tercero: el hospedaje: lo difícil: lo solucionado a continuación: hay que hospedarse en casa de alguien: los habaneros tienen resueltísimo el tema (hay mil opciones, y por lo tanto mil tipos de opciones: hay que tener cuidado de no caer en casa de alguien grosero, pero ¿hay habaneros groseros?). Me consta que una buena casa es la Casa de Concordia (no confundir con Casa Concordia, que dicho sea de paso también se ve muy bien, aunque no conozco), justo enfrente del famoso paladar La Guarida, en pleno Centro Habana, que es el distrito que está convenientemente ubicado entre La Habana Vieja y El Vedado, y muy cerca del mar. La casa es cómoda, barata, limpia. Alejandro y Nelly te atienden bien. El desayuno está incluído. Te consiguen taxis si te hacen falta. Te recomiendan qué hacer y qué no hacer. Te apapachan. Hablan mucho: les encanta. ¡Tienen climatización! Hay literatura cubana en la sala. Ellos mismos tienen un departamento para alquilar en El Vedado, en caso de que el viajero desee estar en un barrio menos popular. Hay que reservar con algunas semanas de anticipación. Una alternativa son los hoteles: mucho más costosos que una casa, alejadillos de la realidad habanera, cómodos, fríos, eficientes. En el Parque Central hay unos, y también en El Vedado. Pronto abrirán uno de Grupo Habita en el hermoso Paseo del Prado, he escuchado.

Cuarto: el dinerillo. Llevar suficiente, pues allá casi no hay cajeros ni establecimientos en donde acepten tarjeta. Y hablando de eso, también se vuelve complicado conseguir Internet: mejor prepararse para quedarse offline unos días (¡vacaciones de verdad!). ¿A qué me refiero con “suficiente”? Esta pregunta merece otro texto. Pero la ciudad no es tan cara como la pintan: sólo hay que cuidar el dinero y muchas veces saber regatear (he dicho “regatear”, no “reguetonear”).

Quinto: dónde comer. Yo diría que una cena en La Guarida es esencial (hay que reservar aquí algunos días antes), así como también una comida en Casa Miglis. Hay que conocer El Atelier y El Cocinero, ambos en El Vedado, y el restaurante de Chef Justo a pocos pasos del impresionante expalacio presidencial, que hoy es imponente Museo de la Revolución. No hay que caer en trampas callejeras: mucha gente te trata de llevar a sitios feos que no vale la pena conocer ni mencionar. Hay que tener astucia. Una última recomendación: el restaurante soviético que está en un tercer piso en el Malecón, entre Cárcel y Prado.

Sexto: qué visitar y cómo moverse. Los bicitaxis y cocotaxis son estupendas opciones, pero caminar es mejor, sobre todo cuando se está poniendo el sol y el calorón va menguando y uno puede acariciar el Malecón con los zapatos (hay que llevarlos cómodos). ¿Qué ver? Las descollantes plazas de La Habana Vieja, las calles que llamen nuestra atención (no son peligrosas, de veras), el Castillo del Morro. Centro Habana es un destino en sí mismo, y El Vedado es donde casi todo está ocurriendo: La Rampa, Coppelia, Avenida de los Presidentes, la arquitectura moderna, los restaurantes privados, el gran cementerio y en la noche La Fábrica de Arte (imperdible). De museos no hay que perderse el de arte cubano, cerca de El Floridita, el bar de Hemingway, que también hay que conocer para probar el daiquirí original (con el ron que es el bueno) y comer rico (aquí sí aceptan tarjeta, aunque sólo a veces funciona la terminal).

Séptimo: no hay séptimo. Hay que dejarse sorprender, hay que olvidarse del teléfono, de la hora, del calor, de este texto. Se recomienda ir con la mente abierta al barroco del trópico, no tenerle miedo a los patios coloniales ni a las sonrisas que proliferan como columnas. Hay que cometer errores: ir a algún lugar de turistas caro, no atreverse a regatear, reguetonear, aprender, respirar, reírse, saber, querer, osar, callar, aprender a estar solo, andar y andar por Reina, por Belascoaín, por el Malecón, por la Quinta Avenida, seguirse hasta Miramar, hasta las viejas casas de Marianao, que caiga la noche con un Havana Club en mano y que no termine el viaje nunca. ¡Salud!

(La foto la tomé en Centro Habana hace pocas semanas.)