Veinticinco de julio en Tlatelolco

July 25, 2015
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Sueño con Fernando del Paso, sorprendido –él– de que no haya leído aún su Noticias del Imperio, pero igual conversa conmigo, y alegre entonces corrige: Mi escritura no es barroca, sino virtuosa. Busco al despertar mi José Trigo y desayunando me dedico a gozar el último capítulo, que asimismo es el primero y en el cual se menciona el templo de Santiago: “Ahora álfico por dentro y con ventanales azulinos”. Hago chas y aparezco a su lado (recorriendo primero una parte de la Lagunilla, “asolada y en ruina desde el cólera de 1833”, a decir de Guillermo Prieto: tufos ácidos, Isidro Labrador descascarado, las cáscaras de limón en el piso, las máscaras, mueblerías, casas sin edad –la del Salón Moravia, la de Allende y Rayón, las de las marimbas–, un diablero voy por ahi, carnal). Me gusta mirar la piedra con la imagen de Tlaltecuhtli, en el ábside, por afuera, como si la viera por primera vez cada vez. Hoy me gusta más, sin embargo, la fiesta de Santiago Apóstol, matamoros y mataindios, por su algazara y la mía. Un mexicano que se considera mexica me cuenta en español que su danza mexicanera, en oposición a la conchera, no toma en cuenta lo español en su identidad. ¿Tehuatl tlahtoa macehualtlahtolli? Pero contesta que no: que eso es culpa de los españoles, aunque cuáles, quisiera yo preguntarle. De regreso –no fue triunfo ni derrota– y luego de una extensa transmisión en Periscope me detengo en La Esperanza, donde a ninguna persona veo: me sigo a La Dominica, en mi barrio dominico. Tres cervezas y una siesta en la que sueño con penachos, el solazo en la plaza de las mil culturas y la misa con música ranchera de este hermoso y azulino mediodía. Me despierta un perifoneo de una estética próxima: ¡La jaula de las locas! ¿Qué querrá decir álfico?, pienso al instante.