De México a Nuevo México, y de regreso, en Carrot

January 8, 2016
En:
Comentarios: Una respuesta

El Camino Real de Tierra Adentro es el itinerario cultural más antiguo y extenso de América. Existe desde el siglo XVI, aunque con antecedentes en distintas rutas prehispánicas. Abarca decenas de poblaciones, a lo largo de miles de kilómetros, y explica en gran medida la riqueza histórica de nuestro país y del vecino de arriba. Por eso la Unesco lo considera patrimonio mundial desde 2010, al menos en un tramo que llega hasta el Estado de Chihuahua. El camino entero inicia en la Plaza de Santo Domingo, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y termina en la Capilla de San Miguel –la iglesia más antigua de Estados Unidos–, en Santa Fe, Nuevo México. Hace tiempo que tenía ganas de recorrerlo y por fin lo hice (¡gracias, Carrot!). Enseguida comparto diez momentos memorables de esta primera aproximación al Camino Real en la que visité más de veinte ciudades y pueblos.

Uno. En Zacatecas no hay chance de visitar el museo de Coronel en Santo Domingo ni de subir a la Bufa, por la Navidad, pero sí de echarme unos tequilas en El Retiro, de fines del siglo XIX, a unos pasos de la Fuente de los Conquistadores. Las cantineras peripuestas me preguntan si soy espeleólogo, por aquello de la “tierra adentro”. Este y otros temas mientras un cliente me cura una herida que ocasionan los vidrios rotos de las puertas batientes, que alguien bate sobre mí, sin querer, cuando en la sinfonola suena “El Noa Noa”. Toca dormirme temprano porque a la mañana siguiente viajo a Sombrerete, pero sólo después de un café turco en el Acrópolis y de echarle un vistazo a la portada de San Francisco, la más antigua de la ciudad.

1

 

Dos. En la Santa Veracruz funciona un convento de clarisas capuchinas. Acá una monja me enseña la iglesia más vieja de Sombrerete, en proceso de restauración y con piso de madera. En la capilla lateral, que no aparece en la foto, hay una cripta a la que me conduce. Minutos antes me vende un licor de membrillo que no me atrevo a probar. Quiere que en la oscuridad se me aparezca la Virgen, Jesús o ya de plano un muerto. Pero no puedo verla ni siquiera a ella. Insiste e incluso hace que grabe con mi teléfono: “¿Ves cómo intenta enfocar?” Saliendo una cerveza en el Chicanos Bar, de mala muerte, pero de buena suerte también.

2

 

Tres. Despierto en el anticuado Hotel Roma, en la habitación en la que según el botones, vestido de botones (sí, con botones), pernoctó Pancho Villa, y lo primero que hago entonces es salir al balcón para encontrarme con el Teatro Ricardo Castro casi en las narices. El hotel se ubica en el Centro y resulta recomendable por el precio y el elevador viejuno. Hace frío, y sin embargo la noche anterior camino para mirar, aunque sea por afuerita, la Casa del Conde del Valle de Súchil y conocer la cantina La Chiquita y la “disco bar” Don Perpetuo (recomendación de un policía). ¡Que durara más mi estancia en Durango!

3

 

Cuatro. Cada vez hace más frío. Cerca del bello Valle de Allende, Chihuahua, se empieza a ver la nieve y por supuesto que me emociono como el habitante del Altiplano Central que siempre ha querido hacer muñecos de nieve, igual que en las películas, que soy. No estoy lejos ya de la frontera (a mí me gusta mucho estar ahí); nogales en hileras aquí y allá; queso de nuez y un libro vallero con historias y fotos viejitas.

4

 

Cinco. Las Cruces, con su bonita Mesilla, en Nuevo México, es una ciudad interesante. Pero luego la carretera se pone densa, o mejor dicho aburrida, de forma que llegar al Route 66 Diner, en Albuquerque, se convierte en un pequeño gran triunfo, que aprovecho para comerme una hamburguesa “sin tapa”, quesque para no engordar, pero bien que engordo con la sopa y el sándwich de grilled cheese que pido después de la hamburguesa. En esta ciudad, la Route 66 y el Camino Real son un mismo road (con señalizaciones de Lance Wyman).

5

 

Seis. ¿Quién iba a pensar que Truth or Consequences (nombrado así en los años cincuenta –antes Hot Springs– en conmemoración de un programa de televisión) formaba parte del Camino Real de Tierra Adentro, junto a ciudades importantes como Querétaro, Aguascalientes, Zacatecas, Chihuahua y Santa Fe? Tenía que conocer este pueblete de Nuevo México, por el nombre, por la presa Elephant Butte y porque sí.

6

 

Siete. La casa más antigua de Estados Unidos se halla en el barrio de Analco, en el Centro de Santa Fe, en donde nomás no me hallo porque todo lo que hallo me parece hechizo, como de pueblo mexicano de Epcot. Pero la casa (de adobe) me fascina y la recorro y fotografío y sobo, como también hago con la Capilla de San Miguel, a un lado, la cual marca el final del Camino Real de Tierra Adentro y es, asimismo, la más vieja del país. Ambas construcciones las levantaron tlaxcaltecas en la primera mitad del XVII.

7

 

Ocho. Ya de regreso para mi ciudad, pero no puedo dejar de pasar antes por el pueblo de Santo Domingo, o Santo Domingo Pueblo (pronunciado pueblou). Está habitado desde hace varios cientos de años por nativos, quienes no permiten las fotos (esta que muestro es de la carretera), de forma que me sólo me dedico, y mejor, a contemplar con atención la linda iglesia. Me gustaría comprar zapatos de piel, como los que se usan aquí, pero nadie sabe decirme quién los hace o vende. Todo muy buena onda, nadie me hace caras, pero a la vez es sencillo notar que no están muertos de felicidad de ver a un forastero con cara de lelo en sus calles sin pavimentar. Hasta la vista, pueblou.

8

 

Nueve. En el condado de Socorro, punto de interés para mi ruta, se localiza El Camino Real Historic Trail Site, con un museo bien valioso. Los paisajes del desierto de Nuevo México son bellísimos, con todo y las víboras que según los letreros hay alrededor del edificio. Aprendo mucho y hasta alcanzo a ver un pedacito del Camino Real original, conservado para que los Jorgepedros lo miremos.

9

 

Diez. Mapimí, en Durango, es un Pueblo Mágico de la Comarca Lagunera que no parece Pueblo Mágico (o sea: no lonas ni farmacias con bocinas y botargas ni puestos de gomichelas), a pocos kilómetros de Bermejillo. Es una delicia para los que amamos estar, temporalmente, sin señal de teléfono e Internet, entre puras casas viejas, todas de máximo dos plantas, y con una cantina enorme enfrente de la plaza (a cinco pesos el vaso de mezcal), en la que suenan y resuenan “Los Dos Amigos” y “El Corrido de los Pérez”, y los mineros felices y bien borrachos, hasta que a cierto escribidor se le ocurre poner a Pérez Prado y entonces llega la hora de irse a la cama (en el hotel de media estrella, pero cómodo, en el antiguo curato, a un costado de la iglesia) y soñar con la Zona del Silencio y sus aerolitos. ¡Quiero volver y volver a recorrer, y volver, el larguísimo puente colgante de Ojuela!

10