El inicio de la Noche Triste según Francisco Cervantes de Salazar

April 30, 2016
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Los siguientes fragmentos forman parte de la Crónica de la Nueva España de Francisco Cervantes de Salazar, autor castellano que ocupa la rectoría de la Real y Pontificia Universidad de México, participa en el cabildo de la Catedral de México y ostenta el cargo de “coronista en latín o en castellano” de la Ciudad de México, según una solicitud que él mismo dirige a Felipe II. Su relación de la Noche Triste resulta interesante por detallada y amena, pero sobre todo porque está escrita pocas décadas después de ocurridos los hechos. Se sabe que el manuscrito de esta Crónica pasa primero al Consejo de Indias en 1597 y más tarde a la biblioteca del conde-duque de Olivares. Finalmente, Editorial Porrúa lo publica en 1985, con un prólogo de Juan Miralles Ostos, a partir de una edición madrileña de 1914. Que disfrutemos la narración. (Las explicaciones entre corchetes son mías.)

I [Comienzan las hostilidades por parte de los tenochcas luego de la Matanza de Tóxcatl y la muerte de Moctezuma II.]

Desde las azoteas más cercanas decían a los nuestros: “¡Ah, bellacos, cuilones, inventores de nueva secta, usurpadores de haciendas ajenas, advenedizos, nascidos de la espuma de la mar, heces de la tierra!: pronto moriréis mala muerte, mañana os sacrificaremos y con vuestra sangre untaremos nuestros templos, que vosotros, bellacos, habéis violado (…)”.

II [Hernán Cortés consulta a sus capitanes y al soldado Blas Botello para decidir el momento de la huída.]

Venida que fué la noche, considerando Cortés el peligro tan magnifiesto en que los suyos estaban (…), llamando a los principales Capitanes e a un soldado que se llamaba Botello, que (…) había dicho a Cortés muchas cosas de las que después subcedieron, les dixo: “Señores: Ya veis que no podemos ir atrás ni adelante; en todo hay riesgo y peligro, pero parésceme que el mayor es quedar y el menos aventurarnos a salir. Los indios pelean mal de noche; salgamos con el menos bullicio que pudiéremos, Botello nos diga sobre esto lo que le paresce”. (…) Botello (…) dixo: “Señores: No hay que altercar. Conviene que salgamos esta noche, y saber que yo moriré o mi hermano e que morirán mucho de los nuestros, pero salvarse ha el señor Capitán y muchos de los principales. Volverá sobre esta ciudad y tomarla ha por fuerza de armas, haciendo grande estrago (…)”.

III [Los españoles y aliados tlaxcaltecas salen en silencio de Tenochtitlan la noche del 30 de junio de 1520.]

Estando ya todos aprestados e cada uno con el oro y plata que había podido tomar, lo más secreto que pudo, mandó Cortés dar aviso a todos los españoles para que ninguno quedase (…). A Alonso de Ojeda se le acordó que un español que se decía Francisco quedaba en su aposento, encima del azotea, en un arimadizo, que le había dado frío y calentura. Volvió corriendo, hallólo en el azotea, echado, tiróle de los pies, tráxole hacia sí, diciéndole: “¿Qué hacéis aquí, hombre, que ya todos están fuera del patrio?”. Tomóle por el cuerpo, púsole en el suelo, y así aquel hombre con el miedo de la muerte alcanzó la gente, y aun se creyó que, aunque muchos sanos murieron, se salvó aquél. (…) Dio cargo Cortés a ciertos señores principales de confianza, que llevasen a buen recaudo a un hijo y dos hijas de Motezuma y a otro su hermano e a otros muchos españoles principales que tenía presos (…). Cortés tomó para sí cient hombres de los que le paresció que más animosos y fuertes eran (…). Los de a caballo tomaron a las ancas a los que iban cansados y heridos. Desta manera y por esta orden y concierto salió el campo con gran silencio a la media noche.

IV [Los tenochcas se percatan de la huída a la altura de la acequia llamada Mixcoatechialtitlan, donde hoy hacen esquina el Eje Central y la calle de Tacuba.]

No fue sentido el exército español, según iba callando y sin rumor, hasta que Magarino, que iba adelante con la puente, la puso sobre el primer ojo. Las velas que los indios tenían allí, e tenían hecho fuego, les tiraron muchos tizonasos, dando grandes gritos, tocando sus caracoles; decían: “¡Arma, arma, mexicanos, que los cristianos se van!” (…).