Texcoco es importante

November 16, 2016
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Texcoco es importante. Aunque a muchos el topónimo les suene, injustamente, a suburbio abstracto, peligroso y de interés escaso, como suele ocurrir igual con Ecatepec o Tláhuac y otros lugares de apelativo nahua. Aunque una parte del viejo camino prehispánico que aún conecta a México con esta ciudad, con título de ciudad desde 1551, lleve actualmente el insulso nombre de Avenida 602. Aunque ahora sí ya estén desecando lo que queda de lago para construir un inmenso aeropuerto que acabará de desquiciar el tránsito vehicular en el oriente de la capital. Aunque el aspecto de su Centro se caracterice, ya no por los pirules y ahuehuetes, sino por la estridente publicidad exterior, por ejemplo la del restaurante de comida rápida que ocupa nada menos que la antigua Plaza Real como estacionamiento, pese a que en aquel sitio (o será por eso) Cortés haya pasado lista de su ejército antes del asedio de México-Tenochtitlan con bergantines construidos y desarmados en Tlaxcala y vueltos a armar en el viejo embarcadero texcocano, frontero de esta plaza-estacionamiento y hogaño recordado como puente y no como puerto, o quizás hubo ambos.

Texcoco es importante desde lejanos tiempos acolhuas, por la ingeniería hidráulica y los jardines botánicos del monarca Nezahualcóyotl, poeta y acaso monoteísta, observador de la blancura del islote tenochca y sus sahumerios desde el gran cerro, el Tetzcotzinco. Por el barroco texcocano, la navegación y la arqueología. Por el donoso y misterioso complejo conventual, con piedra labrada en el XVI aquí y allá, y enfrente Las Palomas, cantina de un siglo que antes fue más grande y tuvo la barra en la otra pared, o eso cuenta un parroquiano que asiste desde 1956 (o eso cuenta él). “Si bebes para olvidar paga antes de empezar”, “falleció don Fiado” y “antes de salir a fumar pase a pagar”, se lee en letreros que ya pocos leen. Y muy cerca el paradero de combis, que lo transportan a uno al Molino, pero primero a Tlaminca para caminar hasta el Tetzcotzinco, de culebras escondidas y chapulines alegres, subirlo y reparar(se) en el sol, el cual tiene sus ojos fijos en sitio como éste, los tiene fijos en medio del lago.

(En la imagen: lo que queda de la rana –eran tres, por la Triple Alianza, pero cunde el vandalismo– en la primera alberca del cerro. En los agradecimientos: Eduardo Muratalla, guía entusiasta.)