Una crónica de Mocorito

December 13, 2016
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Se agradece a Juan Salvador Avilés, cronista de Mocorito, en Sinaloa, por su libro Lo que el vapor se llevó, crónicas de Mocorito (Instituto Sinaloense de Cultura, 2009), en el cual aparece una crónica relatada por el señor Ignacio Chávez Juárez, de la localidad de Melchor Ocampo, que se titula “La matada de los toretes para mitigar el hambre” y que compartimos enseguida, casi de manera exacta y con la autorización del autor, por el puro gusto de dar a conocer una historia llena de candor (y diálogos como de Daniel Sada). ¡Ganas de volver a Mocorito, villa de jesuitas, revolucionarios y poetas! Y calorones.

Una vez se vino un llovedero, en septiembre, que duró como una semana. Llueve y llueve y no se quitaba, y los arroyos bajaban crecidos, llenos de agua, y nosotros no teníamos ni qué comer. La gente se enfermó y no podíamos pasar para el otro lado del arroyo ni para ningún lugar. Salimos como pudimos y nos fuimos a Culiacán para decirles lo que estaba pasando, que la gente se estaba muriendo de hambre, y entonces me dijeron: “Pues ustedes hagan algo, muévanse, ¡pero ya!”. Entonces nos regresamos y agarramos tres toretes que había aquí, de unos ganaderos, y los matamos para repartirle la carne a la gente:

– ¿Cuántos tienes tú de familia?

– Pues que cinco.

– ¡Órale!, denle cinco kilos de carne. Y tú, ¿cuántos tienes?

– Ocho.

– Pues denle ocho kilos de carne.

Y así seguimos hasta que destazamos los toretes y nos los echamos.

Pero a los tres días vino por nosotros gente del ejército y judiciales, y nos llevaron a varios, por ejemplo a una profesora, Teresa, que estaba trabajando en una escuelita provisional. Ella fue la primera profesora en el ejido. Nos encerraron tres días en Culiacán, en los separos de la Judicial, y ahí le avisaron a un tal general Arias. Nos encerraron a Sebastián y a mí, y dejaron fuera a los otros. José correteaba tacos afuera y nos los llevaba a la cárcel para comer.

Luego nuestro representante le dijo al general Arias:

– Oiga, mi general, a estos muchachos los tienen detenidos, y sus familias allá ¿qué van a comer? Lo hicieron por una necesidad, ¿cómo le hacemos?

– Hay que ver al procurador de justicia, a ver qué opinión tiene.

El día que nos sacaron a declarar, el procurador nos dijo:

– A ver, ¿qué canallada hicieron ustedes?

– Pues nomás le dimos de comer a la gente, agarramos unos toretes del monte y no sabemos ni de quién son. Lo que queríamos era darle de comer a la gente, para que no se muriera de hambre.

– ¡Pues ese es un abigeato!

– Pues yo no tengo mucho conocimiento de los abigeatos, pero si así fuera, lo hubiéramos hecho en la noche, y ni los dueños de los toretes se hubieran dado cuenta ni ustedes tampoco. Pero lo hicimos a pleno día, a las ocho de la mañana, para que la gente se arrimara a agarrar carne y comiera su familia.

– ¡Pues es un abigeato, comoquiera!

– ¡Pues llámele como usted quiera! ¡Total, ya estuvo!

Entonces le preguntó a un señor Francisco:

– ¿Cuántos toros eran suyos, señor?

– Eran dos.

Y el procurador dijo:

– Mire, uno va a pagárselo usted a él y el otro lo va a pagar el Gobierno del Estado, ¿está conforme?

– ¡Sí, señor!

– Y el otro ¿de quién era?

Era de un señor que se llamaba Juan (o algo así).

– Cuando les reclame ese señor, díganle que venga para que se lo paguemos nosotros aquí. Ustedes quedan libres, ¡ya no hay problema!

Tres días duramos, y nos echaron fuera, y como la gente sabía que era muy delicado un abigeato, pensaban que nos iban a meter al bote por muchos años. Y ya que vieron que veníamos, decían: “Estos tienen palancas con el gobierno, qué casualidad que ya están libres”. En ese tiempo el síndico era un señor que se llamaba Carlos, y luego le siguió un Rafael.