La tierra se cimbró

October 11, 2017
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Por Jorge Arturo Ávila Gómora.

En una de esas fatídicas coincidencias otro 19 de septiembre marca un nuevo hito en la historia de nuestra nación.

Y retiemble en sus centros la tierra. Pocos días después de la celebración del Grito de Dolores la naturaleza volvió a recordarnos la fragilidad del ser humano y removió de entre los escombros viejas heridas del pasado. Aún no terminábamos de procesar el devastador sismo en Chiapas y Oaxaca cuando la tierra volvió a sacudirse. A las 13:14 horas del martes 19 de septiembre el tiempo se detuvo. Fueron segundos en los que el estruendo de la tierra, los gritos, el miedo y la desesperación parecieron aislarse en una voz en off, y la introspección (que naturalmente realizamos en eventos de alto estrés) se apoderó del momento. Bastaron algunos segundos para conmocionar a una ciudad.

La confusión y la incertidumbre eran evidentes, nadie sabía de nada ni de nadie, las comunicaciones se interrumpieron y un silencio sepulcral embargó los minutos posteriores. La tierra puso a prueba una vez más la resistencia de la Ciudad de México, así como la capacidad de reacción y las lecciones aprendidas por los capitalinos 32 años atrás. Poco a poco los sollozos y las crisis nerviosas hicieron presa de la gente, y en medio de aquel vendaval de emociones intentábamos comunicarnos por cualquier medio, el Internet era intermitente, pero comenzaron a recibirse noticias de edificios caídos en diferentes puntos de la ciudad, el transporte público dejó de prestar servicio, el tráfico invadió las calles y reinó el caos… La ciudad había colapsado.

La angustia se hizo presente, en especial entre quienes no lográbamos contactar con algunos de nuestros familiares, y creció con el transcurrir de los minutos y las horas, así como con la noción de la magnitud del desastre. La tierra se cimbró y con ella fibras sensibles para los mexicanos. Se cimbraron los corazones y también los intereses personales. La ciudadanía respondió al llamado, salió e inundó las calles para prestar auxilio, para estrechar lazos. Una vez más, y al igual que en 1985, los vecinos, los ciudadanos, los mexicanos, eliminamos nuestras diferencias y nos volcamos para asistir, colaborar, apoyar.

La ayuda se desbordó y vino de todos lados; lo pude constatar en Lindavista, la Obrera, la Nápoles, la Roma. Ríos de voluntarios se apresuraron y llegaron antes que nadie a los derrumbes, removieron escombros, dejaron todo para tomar piedras con las manos desnudas, se internaron entre lozas, trabes y castillos, sin entrenamiento o equipamiento; sacrificaron su tiempo y su trabajo, incluso hubo quien se puso en riesgo, todos por una causa común y con una prioridad: salvar vidas.

Se cimbró la tierra y también el apaciguamiento, el letargo, la quietud, el silencio, sobre todo de aquella generación que no vivió el sismo del 85, pero creció y aprendió de las historias y los recuerdos. Esta generación tan criticada por su pasividad tomó la iniciativa, salió a la calle con palas, picos, cubetas y sus teléfonos celulares; tomó registro en video y utilizó las redes sociales para difundir o solicitar información. Hoy esa generación nos ha dado una gran lección. Sin embargo también estuvo presente la otra generación: personas de mediana o avanzada edad que aportaron sus experiencias en los sismos del 85 o incluso del 57.

Con el pasar de las horas y los días fuimos testigos de historias conmovedoras; de rescates que renovaron esperanzas; de acciones desinteresadas, honestas, de amor por el prójimo; de la organización civil; de la solidaridad de los mexicanos, sin importar edad, religión, filiación política, raza, estrato social, condición, preferencias. Fuimos testigos de aquellos que lo perdieron todo, de aquellos que no tienen nada y donaron o contribuyeron con algo, pero también de aquellos que lo tienen todo y brillaron por su ausencia.

Fuimos testigos del profesionalismo, esfuerzo y empatía de los rescatistas cándidos y humanos, nacionales y extranjeros; de la labor inagotable y desinteresada de los voluntarios, ya fuere preparando comida, organizando acopios, transportando medicinas, herramientas o personas, en bicicleta o motocicleta. Constatamos también la fraternidad de la gente de estados vecinos, la generosidad de naciones amigas y, sobre todo, la unión de los mexicanos. La tierra se cimbró y dejó al descubierto lo mejor y lo peor de la sociedad. Mientras la gran mayoría acudía al llamado de auxilio, otros, por fortuna los menos, aprovecharon el desconcierto para beneficiarse y sacar provecho, se valieron de la vulnerabilidad del momento para tomar ventaja.

El sismo removió la podredumbre del Estado mexicano rebasado por la iniciativa de la población; evidenció aún más, si esto es posible, la voracidad de la clase política y las cúpulas de poder; sacó a relucir de nueva cuenta su negligencia, oportunismo y corrupción. La ambición desmedida de constructoras, concesionarios e inmobiliarias le costó la vida a cientos o miles de personas y abrió una herida que tardará muchos años en sanar.

¿Qué lecciones nos dejó 1985?, ¿qué hicimos diferente, mejor?, ¿qué aprendizaje habremos de sacar de esta tragedia? Sin duda hay mucho por mejorar, pero para mí la lección es clara: aprendimos que la indignación se ha vuelto acción, lo mismo en CDMX que en Morelos, Puebla, Oaxaca y Chiapas. Las redes sociales mostraron sus bondades como medio de presión y difusión, aunque también sus grandes defectos como fuente fidedigna de información.

Esto, señoras y señores, es lo que habrá de permanecer en nuestras consciencias y de transmitir a las futuras generaciones. No debemos olvidar de dónde vino la ayuda, quién nos tendió la mano y quién nos dio la espalda. Los historiadores tendremos la responsabilidad social de no dejar olvidar este suceso y, más aún, explicarlo, como bien señaló el doctor Rodrigo Moreno, colega y amigo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. A la sociedad civil le corresponde no cesar en los apoyos, no menguar en los esfuerzos, no dejar de presionar ni de hacerse escuchar, vigilar los procesos de reconstrucción y exigir, sin tregua alguna, la rendición de cuentas y el deslinde de responsabilidades.

La tierra se cimbró y se alteró la rutina de la ciudad, el paisaje urbano ha sido trastocado al igual que la vida de miles de personas. La tierra se cimbró, pero no así la buena voluntad, las esperanzas, la acción ciudadana. El espíritu de ayuda de los mexicanos ha mostrado una vez más ser inquebrantable. La tierra se cimbró, pero México está de pie gracias a su gente, no a sus gobernantes. La tierra se cimbró, pero ese México que amamos y del cual nos sentimos orgullosos sigue en pie.

La foto fue tomada por Jorge Pedro Uribe Llamas el 19 de septiembre en la esquina de Lerdo y Magnolia, en la colonia Guerrero.